Hay frases que no se entienden con la cabeza, se entienden con el corazón. “Los pueblos no esperan salvarse, se salvan luchando” es una de esas frases que cuando se escuchan, traen recuerdos. No recuerdos lejanos, sino esos que todavía laten adentro y que a muchos trabajadores les hacen apretar los dientes y mirar hacia atrás con orgullo.
Hubo un tiempo en el que decir “Soy de ATE” era decir mucho más que una pertenencia. Era sentirse parte de una historia que valía la pena. Era saber que uno no caminaba solo, que había compañeros que estaban ahí, firmes, dispuestos a acompañar cuando las cosas se ponían difíciles.
Muchos trabajadores y trabajadoras todavía guardan en la memoria esos momentos en los que pertenecer se sentía en la piel. No era solo ir a trabajar, era sentirse respaldado, era saber que si alguien necesitaba ayuda, siempre había una mano que se extendía. Había respeto entre compañeros, había solidaridad, había orgullo. Había algo que nos unía y que nos hacía sentir fuertes, incluso en los momentos más duros.
Ese orgullo no nació de casualidad. Nació de la lucha. Nació de compañeros que pusieron el cuerpo cuando había que hacerlo, que no se quedaron esperando que alguien resolviera los problemas por ellos. Nació de entender que la dignidad no se pide, se defiende, y que cada paso que se daba era pensando en el que estaba al lado.
Por eso esa frase que dice que los pueblos se salvan luchando no es algo lejano. Es algo que nos pertenece. Es algo que forma parte de la historia de quienes supieron sostener la organización con compromiso y con convicción, incluso cuando el camino era duro.
Hoy muchos sienten que algo de eso se fue perdiendo. No siempre se dice en voz alta, pero se siente. Se siente en el silencio de los pasillos de los sectores de trabajo, en las charlas entre compañeros que recuerdan otros tiempos, en esa sensación que aparece cuando uno mira alrededor y ya no encuentra la misma fuerza de antes. Cuando el orgullo se apaga, lo que queda es un vacío que duele.
Y duele porque no estamos hablando de cualquier nombre, estamos hablando de una historia que nos marcó. Se trata de una historia construida con sacrificio, con solidaridad y con la esperanza de que nadie quedara solo frente a la injusticia. Se trata de una organización que alguna vez fue refugio y fuerza para miles de trabajadores, una organización que en Santa Cruz supo ser abrigo en los momentos difíciles y esperanza cuando parecía que todo estaba cuesta arriba.
Los trabajadores del Estado sabemos lo que significa sostener todos los días la vida de nuestro pueblo. Sabemos lo que es estar cuando hace falta, cumplir cuando nadie mira y seguir adelante incluso cuando el reconocimiento no llega. Sabemos también que todo lo que tenemos fue el resultado de luchas que otros dieron antes que nosotros, de compañeros que creyeron que la dignidad no se negocia y que la unidad era el único camino para salir adelante.
Por eso hoy no alcanza con recordar. Hace falta sentir otra vez. Hace falta volver a mirarnos a los ojos entre compañeros y recuperar ese orgullo que alguna vez nos hizo caminar con la frente en alto. Hace falta volver a creer que la historia que nos trajo hasta acá no fue en vano y que todavía hay algo vivo dentro de cada uno de nosotros que espera volver a encenderse.
Porque cuando una organización pierde el corazón de sus trabajadores, se vuelve vacía. Y cuando los trabajadores dejan de sentirse parte, lo que queda es un nombre que ya no emociona como antes. Pero también es cierto que cuando la memoria vuelve y el sentimiento despierta, la historia puede empezar a escribirse de nuevo desde abajo, desde los compañeros, desde la convicción de que nadie va a venir a salvarnos si nosotros mismos no estamos dispuestos a ponernos de pie.
Tal vez este sea el tiempo de volver a mirar esa frase y entender que no habla de otros, habla de nosotros. Habla de la memoria de quienes lucharon antes y del compromiso de quienes hoy tienen la responsabilidad de no dejar que esa historia se apague. Habla de volver a sentir orgullo cuando pronunciamos un nombre que durante muchos años fue sinónimo de dignidad, de compañerismo, de coherencia y de lucha «Soy de ATE».
Porque si alguna vez sentimos orgullo de pertenecer, si alguna vez nos emocionó sentirnos acompañados y si alguna vez supimos lo que era caminar juntos, entonces todavía hay algo que puede volver a encenderse.
Y ese algo tiene un nombre que no nació para ser una cáscara vacía, nació para estar vivo en el corazón de cada trabajador del estado que alguna vez sintió orgullo de pertenecer a ATE.
